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| Hay que estar algo loco para ser buen padre. Óleo de Vito Cano |
Cuando
era pequeño estaba convencido de que la mayor abstracción inventada por
el hombre era un mapa, ese dibujo donde lo mismo cabe una calle que el
universo entero. Aquella ficción me duró hasta que crecí algo y tuve que
firmar mi primera hipoteca, es decir, hasta que mi padre tuvo que
firmar el aval de mi primera hipoteca. A partir de entonces supe que la
mayor abstracción es una firma, ese borrón donde no solo metes tu
promesa de cumplimiento sino el piso de tus padres, su coche, sus
ahorros, la jubilación y la honra de la familia. Y aún así, el padre
iba, apretaba los dientes y firmaba.
Aquel
farragoso salpicón de tinta era algo maravilloso, una capa mágica
puesta delante de los ojos del banco que os convertía a tu padre y a ti
en una misma persona. A todos los efectos, solían decir, te
representaba. El representante, supe al fin, es otro de esos prodigios
por medio del cual tu alma se desdobla. Eres tú sin ser tú.
Luego he tenido
muchos representantes a lo largo de mi vida. El Rey me representa. El
Presidente del Gobierno me representa. El Presidente de la Junta, el
Tribunal Constitucional, los diputados, el alcalde. Ni sé cómo he podido
permitírmelos. Tengo más representantes que Repsol y que Mercadona
juntos. Pero, con ser tan numerosos y tan sonoros, resulta que la firma
de ninguno de ellos vale ni de lejos la mitad que la de mi padre. Si el
país se va al carajo, nada les obliga a responder de sus actos con sus
bienes. Así cualquiera. Ahora bien, en la próxima les espero. En la
próxima que les vote su padre, que yo renuncio desde ahora mismo a mi
cuota de representantes fantasmas. Ni rey ni leches, que me represente
mi padre. Es la única abstracción que en la hora de la verdad se
convierte en carne. Y da la cara.
Contraportada del periódico Extremadura, 16 junio 2012


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